José Luís Balagueró da cuenta de una alta concentración, y meditación sobre las condiciones estructurales de la pintura y su proceso. Cada pincelada en sus obras acusan dos maneras diferentes: Por un lado, representan el gesto pictórico y por lo tanto se clasifican a sí mismas como parte de la tradición de la pintura abstracta de auto reflexión. Por otro lado, cada pincelada puede ser considerada como el latido del pintor que convierte las obras en manifestaciones de la conexión física directa y “sensual” del pintor con la pintura.

 

Esta combinación de un aura subjetiva y poética, así como la introspección conceptual del medio define todas las obras del artista. Balagueró ha vivido y trabajado en Francia, Chicago y España y combina el énfasis de la pintura barroca con la imparcialidad  intelectual que conecta con la tradición europea y americana de la pintura. José Luís Balagueró nace en 1930 en Romanos, un pequeño pueblo de la provincia de Zaragoza, en donde su padre ejercía como maestro. La guerra civil española irrumpe en su infancia marcándole con la pérdida de su padre y su hermano. Esa marca de dolor y repulsión por el régimen de la dictadura franquista le acompañará durante el resto de su vida. Tras la guerra se traslada junto a su madre y sus dos hermanas a Zaragoza donde ya despuntaba en el colegio por su pasión por el dibujo. Balagueró lo tenía claro, su medio de expresión natural era, es, el Arte.

Pero en aquella España gris y dura de los años cincuenta, en donde tantas cosas estaban prohibidas, o sencillamente no había posibilidad de ver, no llena sus expectativas y curiosidad por conocer el arte contemporáneo de la época, y Balagueró decide con dieciséis años marchar a Francia, no se resignaba a conocer en el “blanco y negro” de las revistas y ediciones de aquellos años la obra de Picasso, Kandinsky o Paul Klee, sus artistas de referencia, necesitaba sentir y gozar las obras de frente. Esta primera experiencia acabó tristemente, fue devuelto  a España por ser menor y no tener la documentación exigida. Pero esto no frenó sus ansias por conocer las obras de los artistas contemporáneos ni por salir del ambiente dictatorial reinante. A su vuelta a Zaragoza continua su formación y aunque él se considera autodidacta su formación plástica se lleva a cabo en la escuela de Artes y Oficios de Zaragoza y más tarde en el Círculo de Bellas Artes de Madrid donde se traslada en 1956 y en 1957 realiza su primera exposición formal en la madrileña galería Biosca. Expone obras que parten de una búsqueda de sus raíces en paisajes vividos que realiza con una base de dibujo suelto y el uso de la pintura como materia primaria e hilo conductor hacia un expresionismo que tiene como base de referencia a De Stael y Paul Klee.

En 1958 finalmente llega a Lille, Francia, invitado por sus amigos, artistas franceses de la Casa de Velázquez en Madrid y forma parte del “Atelier de la Monnai” grupo mítico del arte contemporáneo francés,  exponiendo como miembro de este grupo en la galería K-58 de Lille. En los años siguientes viaja a Paris y Zurich y en 1960 se instala en Formentera, entonces isla desconocida para el turista y paraíso de soledad y belleza para los artistas. Allí profundiza y agiliza su evolución pictórica y sus obras se funden con el espacio a través del dibujo y delicadas pinceladas, casi puntillistas, que le abren para siempre al mundo de  la abstracción. Participa en el Salón Internacional de Pintura de Ibiza y expone en Berlin “Ausstellung der Formenter Goup 1960 y en San Francisco en “The Pantechnicom gallery 1965.

En 1966 se traslada a Madrid donde conoce a Fernando Zóbel que estaba en aquel entonces organizando la puesta en marcha del Museo de Arte Abstracto de Cuenca. Zóbel queda impresionado por la abstracción espacial de la obra de Balagueró y le incluye en el grupo de artistas que conforman la colección de arte abstracto del Museo que se inaugura en 1966. El coleccionista norteamericano Amos Cahan le incluye también en su colección dedicada a la pintura de vanguardia española, colección que en la actualidad pertenece a la Fundación Juan March. La Galería Edurne, hoy día decana de las galerías madrileñas, realiza una exposición de la obra de Balagueró que será su última exposición antes de partir a EE.UU.

La llegada a Estados Unido de Balagueró va ha producir una verdadera revolución de técnicas en su obra. En 1967 llega a Chicago, pensando en pasar solo una temporada que se convirtió en una década. En Chicago vive una etapa enriquecedora aprendiendo nuevas técnicas como la litografía y la fotografía sin dejar la pintura y el dibujo, sus fuentes indispensables, colaboró en acciones e instalaciones  artísticas medioambientales junto al artista búlgaro Christo. El estudio de Balagueró en Chicago se convirtió en aquellos años 60 y 70 en punto de encuentro de artistas españoles que viajaban a Chicago, el contacto con los artistas españoles de paso por la ciudad y en especial el de su buen amigo Manolo Mompó.

La obra de Balagueró sigue su discurso abstracto pero en sus lienzos ya aparecen sus característicos universos rotos, pedazos que vuelan y conforman una explosión de fragmentos, de planos, de polígonos nada regulares, de facetas que se expanden por sus cuadros, como si todo se viera a través del ojo plural de un calidoscopio. Todas las pequeñas, medianas y grandes formas que vuelan por el cielo del cuadro crean una estructura fundamental en su trabajo compositivo. Balagueró celebró diversas exposiciones en galerías e instituciones de Estados Unidos y Canadá; Evanston Art Center, Larew Gallery. Chicago, 20/20 Gallery. Ontario, Seaberg Insthmus Gallery.Chicago, The Garage Museum of Art. Fort Lauderdale. Miami.

En 1973 Balagueró, siempre inquieto, quiere regresar a España, en Madrid forma parte de Grupo 15, iniciativa privada relacionada con la promoción de los valores expresivos de la creación gráfica. La galería Grupo 15 estaba dirigida por María Corral y Carmen Jiménez se ocupaba de la difusión. Balagueró que conocía bien las técnicas litográficas expone en la galería del grupo en 1973 y decide regresar definitivamente a Madrid. Desde 1973  Balgueró ha  participado con voz y voto en la evolución del mundillo artístico español, sus obras son cada vez más vibrantes, sus universos explotan en pedazos y nos seducen a través del color introduciéndonos en un mundo personal lleno de retales de objetos y personajes. Lienzos de gran formato y objetos, pequeñas esculturas llenas de gracia que como dice el crítico de arte Francisco Carpio “Son hermosas metáforas de la visión”

Cuando en 1991 recibe el premio de la Unión de Ciudades Iberoamericanas, Balagueró  ya ha expuesto sus obras en numerosas galerías así como en instituciones españolas e internacionales. En 1981 inaugura la galería Moriarty en Madrid, apadrinando, sin proponérselo, los inicios de “la movida madrileña”.

Desde el año 2001 Balagueró reside en El Escorial. Decía Picasso  que las musas de la inspiración debían encontrar al artista sentado en su mesa de trabajo, no hay otra fórmula. Balagueró la pone en práctica constantemente. Parece mentira que este hombre no se esté quieto ni un momento, en el Museo Camón Aznar de Zaragoza presentó en 2011 una exposición de sus últimos trabajos, más de 38 obras en donde incluía nuevos formatos en madera que nos proponían la entrada a un bosque formado por piezas y objetos pintados.

La geometría ha estado siempre presente en su obra, pero ahora, en sus últimos trabajos, su geometría está calentada por la pasión de pintar, por la pulsión del color, la temperatura del material y sobre todo por la constante sed y hambre de pintar y dibujar de Balagueró. B. Mora Sánchez